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Resumen

Cuatro joyas silvestres

Sé que ha de haberse escrito mucho sobre «Desayuno en Tiffany’s» del escritor estadounidense Truman Capote. No he leído nada de eso haya podido escribirse. Y, por ahora, no quiero hacerlo. Me quedo con el agridulce sabor a moras silvestres que me dejó Holly Colightly el maravilloso personaje creado por Capote sobre el cual gira, como el epicentro mismo de la tierra, la historia que da título al libro que componen, además (al menos mi edición, de Bruguera) los relatos «La casa de las flores», «Una guitarra de diamante» y «Recuerdo navideño». Tres joyas que se suman al relato principal y que hacen de este libro una auténtica delicia.

En estos relatos hay un algo común que no acaba uno de identificar. Y en ello radica la magia que se queda encima como una sensación corporal. Como la pesadez en días de lluvia o como la luminosa nadería de los domingos; como la alegría de amar o la felicidad plena de odiar en silencio; como auscultar un cuerpo desnudo con el tacto, con los ojos, con todo el ser. Una sensación que se te queda durante días. No sé bien si es la natural inocencia que desprenden sus personajes unido a la malicia citadina que recién se descubre o la espontánea franqueza, casi infantil, con las que Capote deshace dogmas y meollos narrativos con la delicada maestría del genio que era.

De cualquier modo, sea como sea, me quedo con la trastocada personalidad, irreal de Holly; me quedo con Otillie amarrada con amor a un árbol, añorando sin pena los tiempos cuando era prostituta; y con la vaga ilusión del señor Schaeffer y Tico Feo; ni hablar de la amistad entre la anciana-niña y Buddy, que recuerda en el tiempo a la vieja que alumbró sus navidades infantiles.

Por cierto que este último relato ya lo había leído. En el taller de Escribas, con Oscar Marcano. Ahora te entiendo Oscar, por qué te gusta tanto la literatura norteamericana. Esa, la alta literatura; no la equívoca productora de Bestsellers.

Me quedo, en fin, con el agridulce sabor a mora silvestre comida en una calle de Nueva York, mirando joyas frente a la vidriera de Tiffany’s.

«–No se enamore nunca de un ser salvaje, señor Bell –le aconsejó Holly–. Ese fue el error de Doc. Siempre llevaba seres salvajes a su casa. Un halcón herido en un ala. Otra vez fue un gato montés enorme, con una pata rota. Pero no se puede entregar el corazón a un ser salvaje: cuanto más se hace, más fuertes se vuelven. Hasta que son lo bastante fuertes para huir a los bosques. O volar a un árbol. Después a un árbol más alto. Después al cielo. Así terminaría, señor Bell, si se dejara arrastrar por el amor de un salvaje. Terminaría mirando al cielo.» Pg. 92. Holly Colightly en «Desayuno en Tiffany's».

«[…] lo que nos sucede en la tierra se pierde en el infinito resplandor de la eternidad.» Pg. 171. El Señor Schaeffer, en el relato «Una guitarra de Diamante».

Sábado, 05 de Abril de 2008 12:36 Por unheimlich. #. Tema: Opinando Hay 1 comentario.

La puta vida

A Roger, el pintor que se fue con una bala que tenía otro nombre.

La vida hembra, como la mar. La vida menstrúa. La vida sangra y entonces anda de mal humor y pasan cosas malas y la gente piensa en Dios. Pero no son cosas de los cielos, no es competencia de Dios. Son cosas de la mujer, de la vida. La vida hace como que se va, como que agarra sus maletas y se larga. La mujer cuando se molesta, cuando anda de mal humor es así, intempestiva, orgullosa. La vida hembra, sí señor. Ella sangra y entonces pasan cosas que uno dice Ay Dios mío, por qué. Pero no, no son cosas de Dios, sino cosas della, de la vida. Ella se marcha cuando uno menos se lo espera, se va, se muda o se muere o hace como que se muere pero no, sólo se muda, porque... «Cuando alguien mata algo tan puro como un pájaro azul, ¿qué pasa? Nada, sólo eso, se muere un pedazo del azul» Pero es que la vida, señora, la vida es así, inestable, es como la loca de la casa. Y esa loca manda, Dios mío, ella, no tú, que no eres más que un triste títere della. Claro, hombre al fin, esclavo de los deseos della, de la mujer, de la loca, la puta vida. La puta vida que se le va a uno en el momento menos pensado, menos previsto. Ella, la puta esa que se arrastra con quien quiere cuando quiere. La puta vida que te clava alfileres en los ojos y puñales en el corazón cuando menstrúa. Es que la vida hembra, como la mar. Ella, la vida, no la mar, aunque también ella, que se distrae y entonces uno piensa Ay Dios mío, por qué, pero no, no es Dios, es ella que mientras sangra llora y entonces uno, pobre mortalito común que la ve pasar con su lamento, y la ve irse, llevarse todo con ella, y dejarlo auno desamparado en el patíbulo vacío de Dios.

Santiago Cuberos Meca. De La noche de los circuncisos.

Domingo, 13 de Abril de 2008 11:58 Por unheimlich. #. Tema: Epigrafario No hay comentarios. Comentar.

Luis Alberto Machado y el «ser» creador

No sé si algunos cuadros de Picasso podrán figurar como los mejores de la historia de la pintura, pero sí creo que pudo haber sido el más grande creador.

Hasta los noventa años estuvo produciendo no solamente cuadros, sino estilos.

Cansado de repetirse a sí mismo con el pincel, en su cerebro ideaba mundos nuevos para su pintura.

Es por esta razón, más que por ninguna otra, por la que Picasso quedará como un creador de proporciones gigantescas.

Y murió joven, ya pasados los noventa años, por la misma causa: porque siempre estuvo dispuesto a comenzar otra vez.

La grandeza de Velázquez no radica en pintar como Velázquez.

Son miles los que pueden pintar como Velázquez y, como Velázquez, aún mejor que Velázquez.

Cualquiera puede copiar a Velázquez.

Incluso el mismo Velázquez.

La grandeza de Velázquez está en haber inventado la “velazquicidad”.

Es entonces y sólo entonces cuando es creador.

Después ya no hace sino copiarse a sí mismo, y, por tanto, pasa de ser un pintor a ser un pintante.

Hay escritores y escribientes.

Escritor es el que, estableciendo nuevas relaciones, transforma las realidades y las palabras. Escribiente es el que copia de otro, de sí mismo o de la realidad, por perfecta y meritoria que pueda ser la copia de esta última.

Hay dibujadotes y dibujantes;

Compositores y compositantes;

Ejecutores y ejecutantes;

Actores y actuantes…

El escribiente comprende las reglas del lenguaje; el escritor, las de la vida.

Hay quienes tienen una gran facilidad para escribir y, sin embargo, no son escritores. Y es muy frecuente el caso de grandes escritores con grandes dificultades en su oficio, a quienes les sucede lo mismo que a Beethoven: más de una vez pensó que no servía para músico –y eso aun antes de que le comenzaran los problemas de audición–, porque le costaba demasiado.

Se puede tener facilidad para pintar sin ser realmente pintor.

Y se puede ser pintor sin tener facilidad para pintar.

Y exactamente lo mismo puede decirse de los músicos, de los escultores o de cualquier otro tipo de artistas.

El pintor no está en el pincel, sino en la cabeza: lo importante es concebir el cuadro, no pintarlo.

Con el pincel pinta cualquiera; con la cabeza, sólo los grandes creadores.

Páginas 93 y 94. La Revolución de la Inteligencia. Dr. Luis Alberto Machado.

Miércoles, 23 de Abril de 2008 12:43 Por unheimlich. #. Tema: Epigrafario No hay comentarios. Comentar.


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