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Resumen

De abismos adolescentes...

Del Cuento «Los días remotos», finalista del Concurso de la Policlínica Metropolitana de Caracas 2008.

 

Alexandra y yo éramos amigos. «Sólo» amigos. Caminábamos a diario hasta la parada de la ruta ocho, frente al parque Santa Elena y tomábamos el mismo bus, aunque esta ruta la dejaba a ella en la entrada de su edificio y a mí más lejos que el que pasaba justo frente al liceo. Imbécil. En el bus nos mandábamos un paseo de lenguas monumental. La sensación de mareo no me pasó nunca con ella. La diferencia es que mientras más la besaba más aprendía a volar tan a ras de suelo. Menos vértigo y menos nausea, más lengua y más vengase pa’cá. ¿Pa’cá? Mentira, si la timidez me tenía jodido. Me daba pena tocarla. Llevaba cualquiera de mis manos hasta su busto y acariciaba lentamente, masajeaba, sus senos perfectos que yacían suaves debajo de la tela marrón. Eso pensaba. Así lo imaginaba porque la verdad es que me daba vergüenza que si procedía de ese modo Alexandra me diera una bofetada por abusador. Cuan tierno y ridículo puede llegar a ser uno en la adolescencia. Así se nos fueron unos dos meses, entre clases de Contabilidad e Informática y besos en la  parte de atrás de un autobús destartalado durante la media hora más esperada del día.

Cuando el novio lindo la iba a buscar yo los seguía desde lejitos, la veía, la hurgaba desde mi distancia y medía cuánto amor había en cada movimiento suyo, en cada gesto, en cada palabra que no alcanzaba a oír. Los dejaba que se fueran y me acercaba luego al sitio mismo donde habían estado esperando entre apurruños y melcocha. Me paraba allí y la maldecía y le decía que por qué jugaba así conmigo. Le hablaba al espacio donde ella había estado. Imaginaba aquella escena conmigo de protagonista, imaginaba que era yo el que la llevaba de la mano, el que la abrazaba poniendo las manos en sus nalgas perfectas. Se me extasiaba el cuerpo y el corazón pensando en ello. Se me extasiaba y me aturdía la mentira que me había montado. Me marchaba a casa llorando mi rabia, mi dolor. En la noche, o en la tarde ella llamaba a casa. Te vi, por qué haces eso Néstor. Por nada, para ver cuán tonto soy. No vale, cómo es eso que tonto, no sabes que eres mi amigo, mi amigo especial. Puta, era lo que me provocaba decirle. Pero que va, incapaz de hacerlo. Sí, tu amigo especial, Ale, pero no tu novio; cuando él aparece yo no existo, desaparezco, me vuelvo aire, no, ni eso. No digas eso, conchale mi amor, tu sabes bien lo qué significas para mí. Sí, lo sé o creo saberlo o quiero saberlo, el problema es que sólo lo sé yo, más nadie. Y quién más necesita saberlo, más nadie mi amor; Néstor, tú y yo tenemos algo tan lindo, tan tierno, tan especial para mí; no quiero perderte nunca. Y ahí me volvía yo sesenta y cinco kilos de harina, de polvo de galleta y se me olvidaba el mundo y le decía que la amaba. Y ella me decía que me quería mucho, que era «su» amigo bla bla bla. Cuando una mujer, esto lo aprendí luego, mucho después, te dice que eres lindo y tierno, sépase, estás jodido, esa mujer te quiere poner un trajecito y sentarte a la mesa con sus Barbies y sus Kenes. Eso, claro, si tiene uno suerte. A veces lindo y tierno significa una vez al mes a la peluquería con mi perrito Cotufa a que te pongan bonito, de resto, a dormir en tu casa, sólo en el patio.

Ser «sólo» el amigo especial de Alexandra era algo que me torturaba indeciblemente. Sus besos siempre dejaban una savia tuberculosa en mi paladar. Un sabor que no terminaba de joderme, pero me jodía. Imbécil al cubo. Años después uno mataría por ser «sólo» el amigo de una mujer hermosa.

 

Miércoles, 19 de Noviembre de 2008 16:13 Por unheimlich. #. No hay comentarios. Comentar.


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